Mujeres, política y economía, a 59 años del voto femenino en México

En palabras de Francesca Gargallo, durante la lucha armada algunas actividades femeninas no tradicionales se fortalecieron. La participación femenina muestra a mujeres militares, espías, contrabandistas, mensajeras, enfermeras, conspiradoras; en el terreno económico se reforzó su papel de proveedoras, además de cocineras, lavanderas y funciones domésticas en el entorno revolucionario, ciertamente trabajo no reconocido ni valorado.
 
Estudiosas como Ana Lau, Esperanza Tuñón  y Gabriela Cano, evidencian el protagonismo de las mujeres en la construcción de normas y sustentos jurídicos, que concretaron en abril de 1917 la Ley sobre Relaciones Familiares y se declaraba la igualdad de obligaciones y derechos entre la mujer y el hombre al interior del matrimonio.
Pero para las mujeres, la ciudadanía política, reconocida por el derecho al sufragio, quedaba pendiente.  Pese a los esfuerzos y demandas de las mujeres para votar y ser electas desde el período revolucionario, el voto les fue negado constantemente, aun cuando internacionalmente el voto femenino era reconocido en diversos países.
Fue hasta marzo de 1953, en la Convención sobre los Derechos Políticos de la Mujer, cuando la Organización de las Naciones Unidas sostuvo el derecho de las mujeres a votar en igualdad de condiciones que los hombres, sin discriminación, así como ocupar cargos públicos y a ejercer todas las funciones públicas.  México suscribió dicha Convención y aprobó el derecho al voto femenino el 17 de octubre del mismo año, fecha en que se publicó en el Diario Oficial de la Federación.
Aunque la representación política y la presencia de las mujeres en puestos de decisión ha sido objeto de la legislación, los partidos políticos, las organizaciones sociales,  las empresariales, las instituciones públicas y privadas no promueven la participación femenina libre de prejuicios, en igualdad y sin violencia.  Los avances relacionados con el trabajo, la política, la educación o la salud tienen aplazada la eliminación de la segregación horizontal, marcada por los estereotipos de género que remiten a las mujeres a actividades aceptadas como femeninas, de menores retribuciones o de valoración social.  Asimismo, está irresuelta la eliminación del techo de cristal que evidencia la segregación vertical, es decir, los obstáculos que  perpetúan la desigualdad y dificultan el arribo de las mujeres a los puestos de dirección.
La economía y la política todavía excluyen a las mujeres de la democracia y el desarrollo, la ciudadanía plena de las mujeres sigue pendiente.
Fuente: Instituto Veracruzano de la Mujer