En palabras de Francesca Gargallo, durante la lucha armada
algunas actividades femeninas no tradicionales se fortalecieron. La
participación femenina muestra a mujeres militares, espías, contrabandistas,
mensajeras, enfermeras, conspiradoras; en el terreno económico se reforzó su
papel de proveedoras, además de cocineras, lavanderas y funciones domésticas en
el entorno revolucionario, ciertamente trabajo no reconocido ni valorado.
Estudiosas como Ana Lau, Esperanza Tuñón y Gabriela Cano, evidencian el protagonismo
de las mujeres en la construcción de normas y sustentos jurídicos, que
concretaron en abril de 1917 la Ley sobre Relaciones Familiares y se declaraba
la igualdad de obligaciones y derechos entre la mujer y el hombre al interior
del matrimonio.
Pero para las mujeres, la ciudadanía política, reconocida
por el derecho al sufragio, quedaba pendiente.
Pese a los esfuerzos y demandas de las mujeres para votar y ser electas
desde el período revolucionario, el voto les fue negado constantemente, aun
cuando internacionalmente el voto femenino era reconocido en diversos
países.
Fue hasta marzo de 1953, en la Convención sobre los Derechos
Políticos de la Mujer, cuando la Organización de las Naciones Unidas sostuvo el
derecho de las mujeres a votar en igualdad de condiciones que los hombres, sin
discriminación, así como ocupar cargos públicos y a ejercer todas las funciones
públicas. México suscribió dicha
Convención y aprobó el derecho al voto femenino el 17 de octubre del mismo año,
fecha en que se publicó en el Diario Oficial de la Federación.
Aunque la representación política y la presencia de las
mujeres en puestos de decisión ha sido objeto de la legislación, los partidos
políticos, las organizaciones sociales,
las empresariales, las instituciones públicas y privadas no promueven la
participación femenina libre de prejuicios, en igualdad y sin violencia. Los avances relacionados con el trabajo, la
política, la educación o la salud tienen aplazada la eliminación de la
segregación horizontal, marcada por los estereotipos de género que remiten a
las mujeres a actividades aceptadas como femeninas, de menores retribuciones o
de valoración social. Asimismo, está
irresuelta la eliminación del techo de cristal que evidencia la segregación
vertical, es decir, los obstáculos que
perpetúan la desigualdad y dificultan el arribo de las mujeres a los
puestos de dirección.
La economía y la política todavía excluyen a las mujeres de
la democracia y el desarrollo, la ciudadanía plena de las mujeres sigue
pendiente.
Fuente: Instituto Veracruzano de la Mujer